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kvelda

anecdotario 1

A E.M.Z.

La noticia me despertó, y como un músculo tensado, busqué la tranquilidad del espacio vacío.
Recordé lo que sentía, así que respiré de nuevo -nunca lo dejé de hacer- y volví a lo inevitable.
Hacía ya tres años que las noticias no me provocaban tanta indiferencia emotiva, tantas contradicciones, tantos conflictos.
Hacía ya un segundo que el ente-etéreo-nunca-terrenal no soplaba y escupía, a nosotros, viscerales hormigas de sus labios. Cuando él quiera, cuando él lo sienta correcto. Y como el fuego es cosa del diablo, dejé de preocuparme.
Nuestra piel minimizada, nuestra piel ridiculizada. Un chillido silencioso humedece mis ojos. Un llanto imaginario humedece mis manos. Entonces fue cuando decidí ir.
Con la noche como mi cómplice y mi padre como carruaje, avancé a través de la húmeda tierra -bastaría culpar a las lágrimas-, mientras era agredido por el olor del copal.
Las miradas me cuestionaban. Las miradas me agradecían. Las miradas de aquellos que me importaban.
A la par de mis pulmones, que respiraban lo que todos y nadie, escuchaba los cánticos hipnotizantes, masificantes. "¿Quién vibrará?" -pensé- "¿Quién detendrá su aliento?".
Y atrás de mí, retadores, con su aliento despedazado, los pequeños pies se unían a los pequeños gritos, risas y sonrisas. No tienen porque saberlo. No tienen porque conocerlo. No tienen porque comprenderlo. Son sólo pequeños corazones saltando de cuerpo en cuerpo. Jugando a ser uno mismo.
Entonces, lo ví. Me acerqué y sintiendo lo que no, y gritando “sáquenme de aquí”, estaban sus ojos marcados por el sol, por la ausencia de una nueva vida. No imaginé lo espantoso de la comunidad, aquella que canta cuando nadie se lo pide. Sí, todos ustedes: recuérdenle al individuo la necesidad de necesitar la pasión de la sangre hermana –“has perdido, has perdido, pero nos sentimos como tú cuando comemos sentados.”
Durante siete días, el cielo bajaba a esta pequeña morada gris; ahumada por nuestras exhalaciones de hoy no fui. Durante siete días, me permitía sentir lo que no sentía en tiempo jamás (el hablar me acabará el músculo). Durante siete días, su alimento fue la tranquilidad familiar, cubierta en estampida ante el apoyo de la nueva familia, reunida alrededor de la fotografía. Pero sin preocupaciones, porque no las merecemos. Más tarde, luego, después, radiantes sonrisas atravesarán ese lugar, confinadas a la felicidad, como él lo hubiera querido. Hoy lo lamento, mañana te extrañaré. Hoy honro tu memoria, mañana te recordaré. Descansa en paz. Hola, Gracias, Edgar.

(sin fecha, es una historia que todos viviremos alguna vez)
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